Hacer frente al trauma

En nuestros tiempos, el COVID 19 ha supuesto numerosas pérdidas. Han sido muchas las personas que no han podido despedirse de sus familiares, de madres, padres…personas que tienen que convivir con las secuelas que el virus ha dejado en sus cuerpos. Personalmente, he tratado con sanitarios jovencísimos cuyo primer trabajo ha sido en hospitales de campaña donde faltaban manos para reponer oxígeno, coger la mano de alguien que partía solo y lo que más de uno me dijo entre sollozos: “es que me paso el día cerrando ojos”.

Los seres humanos somos una especie sumamente resiliente. Desde tiempos inmemoriales, hemos ido recuperándonos de incesantes guerras, de innumerables desastres y pandemias (tanto naturales como provocados por el hombre) y de la violencia y las traiciones en nuestra propia vida. Todas las experiencias traumáticas dejan huella, tanto a gran escala (en nuestras historias y culturas) como cerca de nuestro hogar, en nuestras familias, con oscuros secretos que pasan imperceptiblemente de generación en generación.

También deja huella en nuestra mente y en nuestras emociones, en nuestra capacidad de disfrutar y de mantener relaciones íntimas, e incluso- es tan plástica- que deja huella en nuestra biología y sistema inmunológico.

El trauma no sólo afecta a aquellos que están directamente expuestos a él, sino también a quienes los rodean.

El trauma es insoportable e intolerable. La mayoría de las víctimas que han sufrido traumas importantes, intentan sacárselo de la cabeza, intentan actuar como si no hubiera sucedido nada para seguir adelante.

Hace falta muchísima energía para seguir funcionando llevando sobre las espaldas el recuerdo del terror y la culpabilidad por la debilidad y la vulnerabilidad más absolutas.

Aunque todos queramos seguir avanzando y dejar atrás el trauma, a la parte de nuestro cerebro que garantiza nuestra supervivencia no se le da muy bien la negación. Mucho después de la experiencia traumática, esta parte puede reactivarse ante el menor atisbo de peligro y movilizar los circuitos cerebrales alterados y secretar enormes cantidades de hormonas del estrés. Ello precipita emociones desagradables, sensaciones físicas intensas y acciones impulsivas y agresivas. Estas reacciones postraumáticas parecen incomprensibles y abrumadoras.

La investigación ha desvelado que el trauma produce cambios fisiológicos, aumento de la actividad de las hormonas del estrés y alteraciones en el sistema que distingue la información relevante de la irrelevante. Las personas traumatizadas desarrollan una hipervigilancia ante las amenazas, a costa de la espontaneidad en su vida diaria.

La gente traumatizada suele sufrir repetidamente los mismos problemas y les cuesta aprender de la experiencia. Su comportamiento no es resultado de ningún defecto moral, ni de una falta de fuerza de voluntad, ni de su mal carácter: es causado por unos cambios reales en el cerebro.

Este mayor conocimiento ha abierto posibilidades para paliar o incluso revertir sus daños. Existen 3 vías:

1) De arriba abajo, sería hablando, (re) conectando con los demás, permitiéndonos saber y comprender qué nos sucede mientras procesamos los recuerdos del trauma. Sería a través de psicoterapia conversacional.

2) Tomando fármacos para silenciar las reacciones de alarma inadecuadas.

3) De abajo arriba, permitiendo que el cuerpo tenga experiencias que contradigan profunda e instintivamente la impotencia, la rabia o el colapso resultantes del trauma.

La mayoría de las personas, necesitan una combinación de las tres, pero hay que determinar qué tratamiento funciona mejor para quién.

El reto es: ¿cómo recuperar el control sobre los restos del trauma del pasado y volver a adueñarnos de nuestra propia vida? Las conversaciones, la comprensión y las conexiones humanas ayudan, y los fármacos pueden calmar los sistemas de alarma hiperactivos. Pero las huellas del pasado pueden transformarse teniendo experiencias físicas que contradigan directamente la impotencia, la rabia y el colapso que forman parte del trauma, recuperando así el autocontrol.

No hay un único enfoque que sirva para todo el mundo. Cada uno de ellos puede producir cambios profundos, dependiendo de la naturaleza del problema en cuestión y la constitución de cada persona.

Desde aquí, hago una invitación a enfrentarnos a la realidad del trauma, a explorar el mejor modo de tratarlo y a comprometernos, como sociedad, a usar todos los medios de los que disponemos para evitarlo.

Marta Giner Peñalba